La dignidad de lo inacabado

La palabra mediocre suele estar cargada de connotaciones negativas. Su significado se asocia a la falta de talento, de éxito o de ambición. Sin embargo, el filósofo y escritor Gregorio Luri propone una lectura muy distinta, lejos de esta etiqueta peyorativa, en “La dignidad del mediocre”, el libro que centró una profunda conversación con Santiago Satrústegui, presidente de Abante, durante un diálogo en la Fundación Abante.

A lo largo del encuentro, ambos reflexionaron sobre cuestiones como la dignidad, la angustia, el amor o la belleza. Y lo hicieron partiendo de una idea: qué significa ser mediocre.

Para responder, Luri recurre a la etimología de la palabra mediocre. Recuerda que el término procede de la expresión latina mediocris que alude a “quien se encuentra en la mitad de una montaña”. La imagen le sirve a Luri para describir la condición humana. Vivimos entre lo que somos y lo que aspiramos a ser. Habitamos en un territorio intermedio marcado por el movimiento y la posibilidad permanente de seguir avanzando. “El mediocre no es quien ha renunciado a ascender, sino quien se encuentra en el camino” apunta el filósofo.

Dueños de nuestras posibilidades

Para explicar de una forma visual esta idea, Luri acude al relato que escribió Petrarca sobre su subida al Mont Ventoux. En el ascenso, Petrarca se desvía de la ruta principal, busca atajos, se pierde en el camino o se para a descansar. Frente a la imagen esperada de quien avanza con determinación a la cima, Petrarca es símbolo de una persona que progresa sin dejar de enfrentarse a sus propias limitaciones. Una imagen más cercana a la experiencia humana.

En esa posición media donde surge la lucha entre las dos tentaciones -continuar o bajar- Gregorio Luri encuentra el fundamento de la dignidad humana. No es la perfección ni el éxito, sino la capacidad de continuar avanzando a pesar de las dificultades.

“La dignidad del mediocre radica en que somos dueños de nuestras propias posibilidades”, apunta el pensador. Luri conecta esta reflexión con el pensamiento de Fernando Pessoa para quien el hombre posee “la semilla de sí mismo”, una expresión que alude a la posibilidad permanente de desarrollo.

No somos una realidad cerrada. La identidad de la persona está continuamente construyéndose entre lo real (el presente) y lo posible (el futuro). Desde esta perspectiva, la dignidad no reside en haber alcanzado una versión definitiva de uno mismo, sino en conservar la capacidad para crecer.

La belleza de lo finito

Esta reflexión adquiere un significado especial cuando se enfoca a la vida cotidiana. Luri reivindica a las personas corrientes, a quienes trabajan cada día, cumplen con sus responsabilidades, cuidan de otros y sostienen sus compromisos sin ocupar espacios de protagonismo. “La filosofía también debería prestar atención a esas vidas que rara vez aparecen como relatos de éxito y son parte fundamental de cualquier sociedad”, sugiere.

Esta defensa de la normalidad conduce a otra cuestión destacada en el pensamiento de Luri: los límites. Somos seres frágiles, imperfectos y finitos. Sin embargo, lejos de plantear esta realidad como una tragedia, el filósofo relaciona esa conciencia con una de las fuentes para apreciar la belleza.

Durante su diálogo con Santiago Satrústegui, el autor resaltó que muchas de las experiencias que consideramos valiosas adquieren precisamente su significado porque sabemos que no permanecerán para siempre. “Solo el hecho de saber que algo puede desaparecer nos permite extraer “chispas de belleza”, puede ser la flor de almendro, un paisaje o una conversación”, resalta Luri.

El amor como centro de conocimiento

En la conversación se van introduciendo otras cuestiones relevantes en la tradición filosófica. A través de la referencia al filósofo Martín Heidegger, se abarca el tema de la angustia frente al amor.

Heidegger consideraba que la angustia permitía al ser humano enfrentarse a la dimensión más profunda de su existencia. Cuando las seguridades habituales desaparecen, surge la conciencia de nuestra vulnerabilidad y de nuestra libertad.

Luri propone una perspectiva distintita. Sin negar la importancia de la angustia, reivindica el amor.

En este punto, aparecen también en la conversación las referencia a José Ortega y Gasset y a la tradición neoplatónicas.  Inspirándose en esta corriente, Luri sostiene que aquello que verdaderamente importa no puede comprenderse si no se ama. Hay realidades que solo se manifiestan plenamente cuando hay una disposición afectiva hacia ellas.

Por eso apostilla Luri que el mundo se muestra de manera distinta cuando existe una voluntad de encuentro con él. Amar no supone ignorar las dificultades del mundo. Significa prestar atención. Reconocer que la comprensión nace también del interés, de la cercanía o el afecto. “Lo peor que podemos hacer con el mundo es detestarlo”, subraya Luri.

Una vida en permanente construcción

La conversación abordó una antigua fábula atribuida al escritor latino Higinio. En ella, la figura humana es modelada a partir del barro por una entidad llamada Cura —traducida habitualmente como inquietud o cuidado—. Júpiter aporta el espíritu y la Tierra reclama la materia. Cuando la vida termina, cada elemento regresa a su origen. Mientras tanto, el ser humano permanece bajo el dominio de la inquietud.

La historia sirve a Luri para reforzar su pensamiento: la vida humana nunca está completamente terminada. No somos una obra acabada, sino una realidad en permanente construcción.

Llegar cansados a la eternidad

Quizá por eso una de las imágenes más expresiva de la conversación fue la de “llegar cansados a la eternidad”. No como quien llega derrotado, sino como quien ha recorrido plenamente el camino que tenía por delante.   La verdadera dignidad del mediocre está en saber que nunca terminamos de ser quien somos, pero aun seguimos intentándolo. Consiste en reconocer que la condición humana se desarrolla lejos de la perfección, en ese medio camino donde transcurre la mayor parte de nuestras vidas. Un lugar desde el que seguimos ascendiendo.

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