estoicimos

Cuando aceptar no significa rendirse: la mirada estoica

Así lo explicaba Miguel Sandín durante la presentación de su libro La paz estoica, en un diálogo con Santiago Satrústegui, presidente de Abante, celebrado en el Auditorio Fundación Abante: “El estoicismo no es una filosofía de la pasividad, sino una gimnasia mental, un trabajo constante sobre uno mismo orientado a vivir mejor, actuar con honestidad y asumir la responsabilidad que tenemos hacia los demás”.

Hay palabras, sin embargo, que sobreviven a las ideas que las originaron y, por el camino, cambian de significado. Algo así le ha sucedido al estoicismo. Hoy llamamos “estoica” a la persona que soporta el dolor sin protestar, encaja los golpes y sigue adelante como si nada le afectara. La resignación estoica, en el lenguaje cotidiano, ha terminado por parecerse a una manera de decir: “Qué se le va a hacer”.

Pero probablemente los antiguos filósofos estoicos no se reconocerían en esa imagen de alguien a quien nada le afecta o que cree que no se puede hacer nada.

Lo que sí depende de nosotros

Para comprender la esencia de esta filosofía hay que regresar al punto de partida. Epicteto formuló hace casi dos mil años una idea sencilla que sigue siendo central en el pensamiento estoico: hay cosas que dependen de nosotros y otras que no.

No depende de nosotros lo que ocurrió ayer, ni el tiempo que hará mañana, ni la opinión que otra persona se forme sobre nosotros. Tampoco muchas de las enfermedades, pérdidas, accidentes o golpes de azar que pueden aparecer a lo largo de una vida. Sí dependen de nosotros, en cambio, nuestras decisiones, nuestros actos y la interpretación que hacemos de aquello que sucede.

A esta idea se la conoce como dicotomía del control. Su planteamiento podría resumirse en hacerse dos preguntas ante cualquier preocupación: ¿puedo hacer algo al respecto? Y, si puedo hacerlo, ¿qué depende realmente de mí? Si no depende de mí, luchar mentalmente contra ello solo consume tiempo y energía. Si está en mi mano, lamentarme tampoco basta: debo concentrar mis fuerzas en aquello que sí puedo cambiar.

A simple vista, el planteamiento parece sencillo, pero practicarlo es mucho más difícil. Sandín lo define como un ejercicio cotidiano. Ahí aparece uno de los grandes malentendidos que acompañan al estoicismo. Resignarse suena a conformarse, mientras que el estoicismo propone algo más exigente, aceptar aquello que no podemos modificar para concentrar la energía en lo que sí está en nuestras manos.

Quizá, por eso, convendría hablar menos de resignación estoica y más de aceptación estoica. Para un estoico, aceptar lo que no puede cambiarse no significa renunciar, sino tener la capacidad de actuar allí donde todavía es posible hacerlo. La diferencia no es pequeña: no siempre podemos evitar una pérdida, pero sí decidir cómo atravesar el duelo; no podemos impedir muchas de las dificultades que aparecen en la vida, pero sí trabajar en la manera de afrontarlas.

Aceptar no significa aprobar. Significa reconocer que no todo depende de nosotros y que la vida incluye azar, enfermedad, decepción, pérdida y fracaso. Negarlo no hará que desaparezca. Como escribió Marco Aurelio, emperador de Roma y uno de los estoicos más célebres de la historia, “la vida se parece más a un combate que a una danza”. El estoicismo, consciente de que la desgracia forma parte de la vida, invita a prepararse para afrontar las dificultades sin permitir que anulen nuestra capacidad de decidir.

¿Una excusa para no combatir la injusticia?

Si llevamos este planteamiento al terreno social, surge una pregunta muy actual: ¿puede esta filosofía convertirse en una excusa para aceptar las injusticias?

Para el autor de La paz estoica, la respuesta es clara: “No, porque la justicia es precisamente una de las virtudes centrales del estoicismo”. El individuo no vive aislado. Tiene obligaciones hacia los demás. La serenidad interior no exime del compromiso social.

“No podemos acabar por nosotros mismos con las injusticias, pero sí decidir qué hacemos frente a aquella que tenemos delante: intervenir o callar, ayudar o desentendernos, comportarnos justamente o no”, apunta el autor Miguel Sandín. El estoicismo no invita a la indiferencia, sino a distinguir dónde merece la pena poner nuestras fuerzas.

Un aprendizaje para nuestro tiempo

Quizá por eso esta filosofía antigua resulta tan contemporánea. Planificamos, medimos, anticipamos y buscamos reducir cualquier incertidumbre; sin embargo, la experiencia diaria nos demuestra, una y otra vez, que la vida es imprevisible. Intentar controlar todo aquello que no depende de nosotros acaba generando frustración y desgaste. Aceptar que hay cosas que no podemos cambiar no significa rendirse, sino dejar de luchar contra lo inevitable para centrarnos en lo que sí podemos hacer. En el fondo, el estoicismo no elimina la incertidumbre, sino que nos ayuda a convivir con ella y a decidir dentro de ella.

“Yo creo que usar las herramientas que nos propone el estoicismo nos acerca a una mejor versión de nosotros mismos”, subraya Sandín. “Es una forma de estar en la vida, un sentido determinado de la vida, no un cuerpo doctrinario cerrado que te obliga a hacer ciertas cosas, pero sí un nivel de autoexigencia para la mejora continua”.

¿Hablamos?

Una conversación para orientarte con claridad.

Hola, me llamo y mi correo electrónico es . Podéis contactarme en el teléfono . Mi código postal es y os he conocido

¿Qué más te gustaría compartir con nosotros?