En La Odisea, Ulises tiene un destino: regresar a Ítaca. Pero en este empeño no le basta con emprender el viaje. En el camino tiene que enfrentarse a tempestades, cíclopes, sirenas y dioses caprichosos que amenazan con impedirle llegar a casa. Cuando partió de Troya, probablemente imaginaba un viaje más sencillo. Diez años después, aquella vuelta a casa se había convertido en una larga lucha por conservar lo que tenía antes de salir.
Esta historia, escrita por Homero hace 3.000 años, está construida alrededor de un objetivo sencillo de plantear y bastante difícil de conseguir: llegar a Ítaca sorteando todos los obstáculos que aparecen por el camino. Con el viaje del ahorro ocurre algo parecido. Ahorrar es el punto de partida para alcanzar nuestros objetivos futuros, pero entre el momento en el que empezamos a generar nuestro patrimonio y el momento en que queremos utilizarlo pasan años. En esta travesía, al igual que Ulises, podemos encontrarnos con obstáculos que nos hagan más difícil llegar a nuestra Ítaca. Uno de ellos es la inflación.
Con el paso del tiempo, la inflación va reduciendo poco a poco el valor de nuestro dinero, sin que seamos muy conscientes de ello. Esta es una de las trampas más discretas de la inflación: no resta dinero, pero disminuye su poder adquisitivo. Por ejemplo, si la inflación fuese del 4%, necesitaríamos aproximadamente 104.000 euros un año después para comprar lo mismo que adquirimos con 100.000 euros ahora. Por ello, tener en cuenta los efectos de la inflación es imprescindible cuando hablamos de ahorro a largo plazo, ya que el objetivo no es solo aumentar el dinero acumulado, sino conseguir que ese dinero no haya perdido valor cuando llegue el momento de cumplir nuestros objetivos financieros en el futuro
La inflación vuelve a escena
Precisamente, la inflación ha sido protagonista del verano, al igual que La Odisea, la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan. Después de varios meses de relativa moderación, la evolución de los precios ha vuelto a generar preocupación. El conflicto de Oriente Medio y la tensión en torno al suministro de petróleo y gas han provocado una nueva subida de los precios de la energía. En España, la inflación alcanzó en agosto el 4,3%, frente al 3,6% de julio, y en la zona euro se situó en el 3,3%. Por el momento, las perspectivas están ligadas a la evolución de las tensiones geopolíticas que han provocado la subida de los precios en los últimos meses.
Los bancos centrales ya han mostrado su preocupación por este incremento. Si el encarecimiento de la energía se prolonga y acaba disparando el resto de los precios, mantener la inflación bajo control puede exigir unos tipos de interés más altos durante más tiempo. De hecho, el Banco Central Europeo ha vuelto a subir los tipos de interés por segunda vez en el año, hasta el rango del 2,5%.
Ante estas perspectivas, las entidades bancarias ya se han adelantado y han comenzado a mejorar la remuneración de los depósitos y las cuentas para atraer clientes. Actualmente es posible encontrar ofertas con rentabilidades en el entorno del 3% o el 3,5%. Con este escenario de fondo, es posible que muchos ahorradores se pregunten: si puedo obtener esta rentabilidad asumiendo muy poco riesgo, ¿para qué invertir?
La pregunta que debemos hacernos no es qué rentabilidad ofrece el depósito, sino si esta es suficiente para preservar el poder adquisitivo del ahorro, como hemos señalado anteriormente. Aunque un depósito pague un 3%, no significa que nuestro dinero esté ganando un 3%. Si durante ese mismo año los precios suben un 4%, el capital habrá aumentado en términos nominales, pero habremos perdido capacidad de compra.
No es lo mismo rentabilidad real que rentabilidad nominal
De este modo, la rentabilidad que importa no es la que anuncia el banco —la rentabilidad nominal—, sino la que queda después de descontar el efecto de la inflación —la rentabilidad real—. Esto tiene una traducción sencilla: ¿mi dinero está creciendo más deprisa que el coste de la vida? El efecto de la inflación puede parecer pequeño en un año, pero puede ser muy relevante a largo plazo si los precios mantienen una senda alcista.
Por tanto, la mayor remuneración de los depósitos puede ser una buena oportunidad para los ahorradores más conservadores y una herramienta adecuada para determinados objetivos a corto plazo. Todos necesitamos un colchón para imprevistos y liquidez para cubrir los gastos que sabemos que tendremos en los próximos meses o años.
El problema aparece cuando mantenemos todo o una parte elevada de nuestro patrimonio en liquidez, cuentas o productos muy conservadores para objetivos que queremos alcanzar dentro de diez, quince o veinte años. Cada euro que dejamos indefinidamente en liquidez está expuesto a la inflación, pero, además, renuncia a la rentabilidad que podría obtener si lo invirtiéramos de acuerdo con nuestro horizonte temporal.
Por tanto, antes de buscar alternativas de inversión, es conveniente que nos preguntemos cuándo vamos a necesitar ese dinero y para qué. El objetivo no es invertir por invertir ni asumir más riesgo del que nos permita nuestro perfil de inversor, sino construir una cartera diversificada que permita que el patrimonio mantenga su capacidad para financiar nuestros objetivos futuros. Por ello, es importante defenderlo de los efectos de la inflación.
Detrás del ahorro siempre hay un propósito y, al final, lo esencial no será la rentabilidad o el importe acumulado, sino aquello que los ahorros nos permitan conseguir.
Ulises no atravesó mares y tempestades para conquistar otra isla. Quería volver a casa.
La lección que podemos sacar de La Odisea es que ahorrar no consiste en navegar buscando la mejor rentabilidad, sino en superar los obstáculos sin perder de vista el destino.
Alcanzar nuestra Ítaca del ahorro.
