Cuando pensamos en las personas que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, pensamos en sus obras. Seguimos leyendo a Cervantes cuatro siglos después. Escuchamos a Bach, nos detenemos ante un Velázquez, buscamos respuestas en filósofos que vivieron hace milenios. Pero conviene distinguir que todo eso no es su memoria. Es su obra.
Sabemos lo que escribieron, compusieron o pintaron, pero desconocemos casi todo lo demás de sus vidas. No sabemos cómo era una conversación cualquiera en su entorno habitual, qué les quitaba el sueño un mal día, qué pensaban mientras paseaban sin sospechar que siglos después seguiríamos hablando de ellos. De las vidas más ilustres de la historia ha sobrevivido la obra. La mayor parte de cada vida ha terminado perdiéndose, al igual que la del resto. Prácticamente no ha quedado nada.
Hasta ahora dábamos por hecho que así eran las cosas. Por eso resultó tan interesante una de las reflexiones que dejó José Ignacio Latorre en una conversación con Santiago Satrústegui con motivo de la presentación de su último libro, Un nuevo contrato social, en la Fundación Abante.
Latorre es físico teórico, experto mundial en computación cuántica y director del Centro de Tecnologías Cuánticas de Singapur; alguien, en principio, que se encuentra más cómodo hablando de átomos y algoritmos que de emociones. Y, sin embargo, entre superinteligencias y criptografía apareció de pronto una idea mucho más cercana y humana: la memoria.
En su libro aparece Constanza, una asistente de inteligencia artificial que el físico teórico utiliza como hilo conductor y como ejemplo del papel que pueden adquirir estos agentes en nuestra vida cotidiana. “Constanza me asiste en todo, sabe todo de mí y yo lo acepto. Así, poco a poco, va ganando entidad, porque ha pasado a ser mi memoria”, señala el físico.
A través de Constanza plantea una observación sencilla de la que todos somos conscientes: la memoria humana es limitada. Con el tiempo olvidamos nombres, caras, conversaciones y momentos que un día creímos inolvidables. Como él mismo reconoce, “mi memoria es flaca”, aunque este propio hecho es una experiencia universal. Cada cierto tiempo nos encontramos con una fotografía y descubrimos que ya no recordamos cuándo se tomó. Intentamos reconstruir una etapa de nuestra vida y aparecen lagunas. Recordamos a una persona, pero no conseguimos recuperar su voz. Los recuerdos no desaparecen de golpe; se van desdibujando poco a poco.
Frente a esa memoria humana imperfecta, dice Latorre, la tecnología introduce una posibilidad nueva. Aparece ahora una memoria que, al menos en teoría, no tiene límite. “Constanza, de forma directa, será mi memoria para la eternidad, hasta que lleguen ya humanos que no morirán, o no humanos, porque ya se habrá acabado todo”.
Esta memoria es capaz de conservar fotos, mensajes, vídeos y hábitos durante décadas. Además, aprende y acumula información sobre nosotros a lo largo de toda una vida. De ahí que Latorre dé un paso más en esta idea al afirmar que podríamos ser “la primera generación de humanos que no serán completamente olvidados”.
La frase puede parecer exagerada, pero también invita a reflexionar. Porque lo que plantea Latorre no es exactamente una forma de inmortalidad ni la sustitución de las personas por versiones digitales de sí mismas. Habla de algo más sutil: de que una parte de nuestra experiencia siga siendo accesible cuando ya no estemos.
No se trata de dejar una obra artística, sino rastros de la vida misma. Una memoria formada por pequeños fragmentos cotidianos: nuestras actividades, mensajes, lecturas, decisiones o pequeñas conversaciones.
Memoria selectiva, no como archivo
Y ahí es donde la idea se vuelve especialmente interesante, porque la memoria nunca ha funcionado como un archivo. Seleccionamos unos recuerdos y dejamos escapar otros. Damos importancia a ciertos momentos y olvidamos detalles que parecían fundamentales. En buena medida, nuestra identidad se construye precisamente a partir de esa selección. Por eso la idea de una memoria potencialmente ilimitada puede resultar fascinante y, al mismo tiempo, desconcertante.
Este planteamiento de una memoria ilimitada ya lo plasmó Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso. Su protagonista, tras una caída, era capaz de recordarlo absolutamente todo. Lejos de ser una ventaja, aquella memoria perfecta terminaba convirtiéndose en un problema. Sin la capacidad de olvidar, resultaba imposible ordenar el mundo, establecer prioridades o dar sentido a la experiencia.
Con este ejemplo ficticio que plantea Borges podemos llegar a una reflexión más profunda ante una memoria ilimitada. ¿Seguirá siendo memoria si nada se pierde? Una inteligencia que lo retiene todo por igual, sin jerarquía ni emoción, ¿conserva una vida o solo la información asociada a esa vida? El archivo lo guardará todo, pero tenerlo todo puede hacer que no comprendamos nada, como le sucedía a Funes.
El sociólogo Maurice Halbwachs defendió hace un siglo que la memoria siempre ha sido una construcción colectiva. Recordamos gracias a quienes nos rodean y, cuando desaparecen las personas que compartían nuestros recuerdos, desaparece también parte de nuestra historia.
La verdadera novedades que, por primera vez, imaginamos una memoria que no dependa exclusivamente de otros seres humanos.
Puede que entremos en una época en la que podamos dejar algo más que un legado. Es probable que nuestro asistente de inteligencia artificial sea el custodio de nuestra memoria. Sin embargo, la elección de poder guardar aquello que queramos que permanezca sigue siendo, por ahora, una cosa muy humana.
