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La cuenta del ahorro

Asesoramiento & Financial Planning |

En tiempos de crisis parece que las familias ahorran más. Una mayor conciencia de las dificultades y un mayor incertidumbre acerca de lo que está por venir, llevan a muchos a ceder algo en el ritmo de consumo y a constituir fondos de emergencia por lo que pueda pasar.

Paradójicamente, este comportamiento no suele ser beneficioso a corto plazo para la economía, ya que al contraerse el consumo se contrae el crecimiento. Sin embargo nadie duda de las bondades del ahorro, la necesidad de buscar un equilibrio entre ingresos y gastos, hoy y también el día de mañana.

La norma general responde a una cuenta sencilla:

Ingresos – Gastos = Ahorro

Es decir, sólo cuando hay un excedente, después de cubrir las necesidades presentes, ahorramos. Este comportamiento tiene algunos problemas. Por un lado, la incertidumbre acerca de los ingresos futuros, su estabilidad y crecimiento, hacen que la cuenta, que hoy funciona, pueda no salirnos en el futuro.

Cuando los ingresos no cubren el nivel de gasto presente, nos endeudamos, periodificando el gasto y aumentándolo por efecto de los intereses. Pero el endeudamiento, mal entendido, puede acrecentar los problemas.

Por otro lado, la generación de ahorro esporádico, a expensas del excedente de ingresos suele ir asociada, en muchas ocasiones, a decisiones de inversión mal planteadas en su rentabilidad objetivo y su horizonte temporal y, por ello, en su nivel de riesgo. Una mayor proactividad y periodicidad en las decisiones de ahorro puede ser muy beneficiosa. Tanto es así, que para algunos objetivos de inversión, la cuenta debería ser:

Ingresos – Ahorro = Gastos

Lo hacemos, en parte así, cuando pagamos la letra de un coche o la cuota de la hipoteca. También una parte de nuestro salario, antes de pasar por nuestra cuenta corriente, va a parar a la Seguridad Social en forma de cotización.

El ahorro premeditado (también equilibrado, pues no puede ser ni todo presente ni todo futuro) tiene una gran ventaja: está orientado a objetivos, lo que permite una mejor estimación del horizonte temporal, tanto en la fase de acumulación como en la de disfrute, y una fijación más precisa del objetivo de rentabilidad.

La cuenta del ahorro, quedaría así:

Objetivos – Ahorro = Rentabilidad necesaria

Bien valorados los objetivos que nos marcamos y dados nuestro ahorro actual acumulado y nuestra capacidad de ahorro, podemos dirigirnos a los mercados en busca de la rentabilidad que necesitamos. Obviamente, en el proceso, hay que tener en cuenta la restricción que supone nuestra capacidad (psicológica y financiera) de asumir riesgos.

Al hacer la cuenta podemos encontrarnos con que:

  • La rentabilidad que necesitamos nos obliga a asumir un nivel de riesgo excesivo. En estos casos, parece razonable reducir la exigencia que nos marca el objetivo o hacer un mayor esfuerzo de ahorro.
  • La rentabilidad que estamos obteniendo no permite llegar a los objetivos planteados. Si el perfil de riesgo lo permite, sería conveniente optimizar la rentabilidad.
  • La rentabilidad que estamos obteniendo nos permite, dado nuestro volumen de ahorro, llegar sobradamente a nuestros objetivos. Sería bueno verificar si podemos reducir el nivel de exposición a riesgo.
  • Los objetivos no están bien definidos, o en su valoración o en su ubicación temporal. Podemos estar asumiendo mayor riesgo de mercado o estar haciendo un esfuerzo de ahorro inadecuado.
  • No hay ahorro suficiente o no somos capaces de generarlo. Conviene analizar la ausencia de ahorro y establecer medidas para comenzar a acumularlo.
  • Hay un exceso de capacidad de ahorro que hace que el objetivo esté sobrecapitalizado. Se trata de buscar un equilibrio entre el presente y el futuro. Parece razonable, en estos casos, reducir el esfuerzo de ahorro.

En cualquier caso, ni hay respuestas únicas ni siempre son sencillas. Además, hay que tener en cuenta que se trata de un sistema dinámico, que hay que revisar y ajustar periódicamente, pues cambian los objetivos, las circunstancias personales y, desde luego, los mercados. Se trata por tanto, de establecer el marco apropiado para la toma de decisiones y de tomarlas con toda la información relevante disponible.