El riesgo en las inversiones

 

Todo inversor debe tener en cuenta las dos caras de la moneda: la rentabilidad que podemos esperar y el riesgo que debemos asumir para alcanzarla. Este binomio es una de las cuestiones básicas que debemos tener claro para invertir y, sin embargo, el riesgo no siempre es fácil de entender, ni la relación entre ambos es necesariamente intuitiva.

La rentabilidad es lo que obtenemos por nuestro dinero al invertirlo. Aunque la mayoría de los inversores somos capaces de entender qué es la rentabilidad y cuánta deseamos obtener, la percepción que cada uno tenemos del riesgo es muy distinta; es un concepto más subjetivo, dado que está determinado por elementos emocionales. En periodos de medio y largo plazo, la relación entre ambas variables es, en principio, directa y para logar una rentabilidad mayor tendremos que asumir será más riesgo, aunque no siempre es o ha sido así.

¿Qué es el riesgo? 

Partimos de la base de que el simple hecho de ahorrar para tener una cantidad de dinero para afrontar imprevistos, esa incertidumbre sobre el futuro – si vamos a mantener nuestro nivel de ingresos o si vamos a tener que algún gasto extra- constituye un riesgo. Cuando invertimos nuestros ahorros para obtener una rentabilidad asumimos, de entrada, dos riesgos: el coste de oportunidad (de una opción de inversión en lugar de otra que podría resultar mejor) y el de inmovilizar el dinero (algunas inversiones tiene un plazo y es posible que necesitemos el dinero antes de que se cumpla).

En este sentido, una de las ventajas de los activos financieros –monetarios, de renta fija y de renta variable- es que para existe un mercado de negociación en el que diariamente vemos valorada nuestra inversión y podemos hacerla líquida. El problema es que los precios fluctúan y no podemos saber en qué sentido o cuándo lo harán.

A todos nos gustaría obtener la rentabilidad que queremos sin sufrir las fluctuaciones de los activos financieros. Pero el único activo que las evita es aquel cuya rentabilidad se haya ligada al tipo de interés a corto plazo, es decir, las letras del Tesoro, o productos como los depósitos y fondos de inversión cuya cartera está formada por títulos de renta fija con vencimiento inferior a seis meses. El problema de estos activos es que su rentabilidad difícilmente permitirá al inversor mantener el poder adquisitivo de su dinero,  debido al efecto que la inflación y de los impuestos tienen sobre nuestra rentabilidad. Y esto también es un riesgo.

El riesgo: fluctuaciones y pérdidas puntuales 

Tradicionalmente, se define el riesgo como la desviación promedio de la rentabilidad de un activo con respecto a su rentabilidad media. Es lo que se conoce como volatilidad y cuanto mayor sea, mayor es el riesgo que debemos asumir para alcanzar la rentabilidad deseada.

El problema de la volatilidad es triple: el hecho de que se recurra a cálculos estadísticos para establecerla dificulta su comprensión por el inversor no profesional, un activo puede tener una volatilidad baja en un momento determinado pero que su precio sea elevado (pese a que debería ser al revés, en teoría) y que las fluctuaciones medias pueden ser tanto negativas (lo que el inversor sí percibe como riesgo) como positivas.

La dificultad de acertar con el momento 

Veamos un ejemplo. Tomamos las rentabilidades diarias del Ibex 35 desde el 30 de septiembre de 1996 hasta el 12 de octubre de 2006. La rentabilidad acumulada del mismo ha sido del 218,03%, es decir una rentabilidad anualizada del 17,50%. Tomemos ahora un activo o un gestor, ficticio, que hubiera sido capaz de alcanzar el mismo resultado final, pero con rentabilidades diarias constantes. La evolución completa de ambas inversiones sería la que ilustra el siguiente gráfico:

rentabilidad riesgo 1

Si atendemos al resultado final de ambas inversiones vemos que son equivalentes, siempre que hubiésemos mantenido la inversión durante todo el horizonte temporal analizado. Pero, en el día a día, la forma en la que se ha obtenido la rentabilidad objetivo ha sido muy distinta. En el activo ficticio, la rentabilidad diaria constante ha sido del 0,044%, mientras que en el Ibex ha sufrido fuertes variaciones: por ejemplo, el 23 de septiembre de 1998 fue del 6,53% y el 1 de octubre de ese año, del -7,08%. En el gráfico siguiente vemos las diferencias de rentabilidad diaria, a favor del Ibex 35 (en rojo) fueron 2.618 y a favor del activo ficticio (en verde), 1.320.

El ejemplo ilustra muy bien dos cosas: la primera es que, aunque eliminásemos las fluctuaciones, el inversor estaría solo parcialmente satisfecho, pues habría momentos en los que su inversión se situaría muy por debajo del mercado. Y la segunda, que es matemática, probabilística y humanamente imposible coger todas las subidas y eludir todas las bajadas.

Riesgo mercado y riesgo gestor 

A la hora de invertir, debemos tener en cuenta que ante las fluctuaciones y dificultad de gestionar los tiempos, podemos optar por dos opciones de gestión complementarias:

rentabilidad riesgo 2

La gestión pasiva consiste en comprar al inicio del periodo de inversión y mantenerse hasta el horizonte temporal, lo que nos hace asumir el riesgo del mercado: si hemos invertido en bolsa y no hacemos nada, cuando estas suban, subirá nuestra inversión y al revés. Con este tipo de gestión el inversor debe preguntarse si estará preparado para enfrentarse a las caídas, sin tomar decisiones drásticas en el peor momento. Hay que tener presente que pese a las perspectivas a largo, a corto podremos sufrir caídas, por eso necesario tener muy claro el horizonte temporal y el funcionamiento de los mercados.

La gestión activa consiste en intentar gestionar las fluctuaciones del mercado. Esto es lo que tratan de hacer los gestores profesionales de fondos de inversión que creen que sus capacidades permiten mejorar los resultados de la gestión pasiva, bien obteniendo mayor rentabilidad o bien, para la misma rentabilidad, asumiendo menor riesgo. En este caso, el inversor asume el riesgo gestor. En otro post ampliaremos los tipos de gestión.

Si elegimos esta opción hay que tener claro que esta práctica conduce, en ocasiones, a la obtención de rentabilidades inferiores a las de la gestión pasiva. Y hay que exigir coherencia y firmeza para no caer en la tentación de comparar a un gestor de retorno absoluto con el mercado.

Es preciso, por tanto, que el inversor antes de tomar una decisión analice exhaustivamente qué camino prefiere para alcanzar la rentabilidad exigida a su inversión, en función de los riesgos que esté dispuestos a asumir. En muchos casos, la decisión final será una combinación de ambas y sus ponderaciones en la cartera dependerá de las preferencias del inversor y del momento de mercado.